Vivir

Esta mañana me levanté ansiosa y apurada. Lo primero raro que noté fue que no preparé mate inmediatamente tras salir del baño. No. Me puse a barrer la cocina.

Tampoco me senté enseguida a escribir mis páginas matutinas. En vez de eso, puse esencia y agua en el hornito difusor de aromas, prendí la velita, y recién entonces me senté a escribir.

Y cuando empecé a deslizar mi mano por la hoja en blanco lo entendí: “Algo está sucio y huele mal”, eso explica mi conducta.

¿Qué está sucio y huele mal? Todavía no lo descubrí, pero me tranquiliza saber que hay un porqué detrás de mis acciones inconscientes que aparentemente son irracionales desde el punto de vista de mi cerebro racional.

Hace dos semanas vivo una virulenta crisis que consiste básicamente en lo siguiente:

Tengo ideas, estructura y contenido ya armado para crear dos cursos. Tengo resuelta la parte técnica para grabar videos, audio decente, imagen en calidad media, herramientas de iluminación, etcétera.

Pero a la hora de grabar un video, sencillamente NO PUEDO hacerlo.

Me ataca un pánico atroz, y una ansiedad tan tremendas, que necesito salir corriendo a mirarme una serie, ponerme a tejer o esforzarme físicamente el doble en el gimnasio para no pensar en ello.

Dado que la reacción es demasiado exagerada para la naturaleza de la acción a realizar –grabar un pinche video– me propuse averiguar que estaba sucediendo conmigo ¿porque sufro de un bloqueo tan tenaz?

En mi búsqueda de respuestas di con dos fuentes que hablan de temas aparentemente distintos pero lo que tienen en común es mencionar e indagar en el funcionamiento de nuestro cerebro y nuestras respuestas conductuales a determinados estímulos.

Compartí esa información en la Newsletter y en este post de Telegram, así que no me voy a repetir aquí.

También allí mencioné que la estrategia que estoy usando para capear los fuertes huracanes de esta crisis es la misma de siempre: escribir. Escribir a rabiar. Escribir muchísimo para sacar afuera lo que sea que me está impidiendo actuar libremente en unos proyectos que tengo ganas e intención de realizar.

Y a medida que escribo, sale una ingente cantidad de cosas inesperadas que me dejan helada y con la boca abierta.

No todo lo que sale es tan simple como “inconscientemente percibo que algo está sucio y huele mal, por eso, recién levantada y todavía medio dormida me pongo a barrer y cambiar el aroma de la habitación”.

Algunas cosas son sumamente heavys: “¿Quién te creés que sos vos para dar lecciones a nadie?”

O la imagen de mi madre tirando con desgana enfrente mío un plato de comida que lucía como una humanamente incomible polenta para perros, mientras me espetaba con odio: «No te merecés comer ni este plato».

Otra: «Sos una inútil, no servís para nada, todo lo hacés mal». Sí, la voz de mi madre, otra vez.

En algunas oportunidades, a lo largo del tiempo, determinadas personas me manifestaron su perplejidad e incomprensión por mi actitud de rechazo hacia mi madre.

«Por lo menos llamale por teléfono, es tu mamá. Cuando te falte lo vas a lamentar».

Misión imposible. Para mí no es mi madre, es un tóxico que necesito alejar de mí con la mayor celeridad posible antes de que empiece a envenenar mi sistema y nublarme el pensamiento. Mi cerebro no ve “madre”, en cambio grita: «¡Peligro! Ella se está acercando. ¡Corré antes de que te envenene!».

El problema es que aunque me haya encargado personalmente de poner muchos kilómetros de distancia de ella, y su número esté bloqueado en mi teléfono, su impronta tóxica sigue viviendo 24/7 en mi mente.

Y entonces un día me levanto con ganas de crear unos cursos, y ¡oh, ¿qué demonios sucede conmigo? ¡No puedo! Mi identidad de creativa multipotencial queda eclipsada por la niña que no merecía ni el plato de comida que le permitía su subsistencia.

Ni hablemos de la posibilidad futura de vender esos cursos, si es que logro vencer antes este insidioso bloqueo.

«¿Acaso pretendés que te paguen por eso?». Claro, le respondo a la voz en mi cabeza. Voy a invertir tiempo en ordenar y jerarquizar la información, en guionar los videos, grabarlos, lanzarlos. Tengo que cobrar por mi tiempo.

«Vos no valés nada, nada que salga de vos merece siquiera un plato de comida, menos dinero».

También recordé un episodio en que mi madre trataba de locas y frívolas a unas personas que estaban sentadas comiendo en un restaurant. «¡Gastar tanta plata para salir a comer!». ¿Sería redundante mencionar que de niña jamás pisé siquiera una cafetería?

Pero este último recuerdo tenía sentido en el contexto de oferta-demanda de los cursos que todavía no puedo lanzar porque estoy bloqueada para crearlos. Qué locura pedirles a los potenciales estudiantes que paguen por un contenido mío, dado que no valgo nada. ¿Cómo voy a pretender que la gente gaste dinero en mí cuando hasta salir a comer afuera es una referencia de insania mental?

Si hasta el momento ignoraba que estaba sucio y olía mal, después de escribir estas líneas ya me quedó bastante claro de qué se trataba.

Pero no vine a exponer mis heridas de la infancia y mis condicionamientos para dar lástima, pobrecita de mí, víctima de una madre tóxica…

Tampoco a vanagloriarme de que la continuidad de mi existencia parezca un verdadero milagro dado mi condicionamiento temprano –del cual expuse solo unos pocos ejemplos, no la totalidad de sus escabrosos detalles–.

A lo que yo vine… Y me acuerdo de los memes y reeles graciosos que comienzan con esa frase…

No, no vine a cachetearme como Soraya a María, la del Barrio… sino a comunicar que, así como tengo reglas internas que son una mierd*, también tengo otras que me habilitan, que fueron las respuestas que mi cerebro creó para sobrevivir a las situaciones de vida desfavorables durante la infancia.

Como: «Voy a salir de esta. No importa cuánto tome, no importa lo mal que luzca, me voy a levantar y salir adelante».

O: «Siempre me llegan las respuestas, cuando busco, siempre encuentro».

Y también: «Soy capaz de convertir la mierd* en arte». Y entonces escribo un post como este, o tejo un muñeco, o compongo una canción.

Todo lo cual me lleva a preguntarme: ¿Soy multipotencial por biología o por respuesta adaptativa a un contexto de infancia ultra tóxico que sigo recreando al día de hoy como quién reproduce infinitamente un disco rayado?

Y lo más importante: me di cuenta que puedo tomar aquello que mi cerebro creó como respuesta adaptativa y resignificarlo.

No soy una niña herida, soy una superviviente que transformó el dolor en arte.

No es que no valga nada, es que respeté demasiado las opiniones de mi madre por amor a ella, aunque eso significó romperme yo misma por el camino.

No es que no pueda grabar unos pinches videos, es que no quiero traicionar esas mismas opiniones que inconscientemente respeto tanto.

Y es que respetar sus opiniones es la única manera de amar a mi madre que tuve como opción. No me puedo acercar a ella sin sentirme envenenada. No puedo tampoco intercambiar dos palabras con ella sin considerarme en estado de peligro. No puedo llamarle y preguntarle cómo está sin que me envuelva en su tela de araña manipuladora, así que mantengo mi amor y mi lealtad obedeciendo sus mandatos dentro de mi propia cabeza.

Pero puedo refutar sus opiniones poco a poco y contra argumentarlas. Y esa es la finalidad de este post. En eso consiste mi estrategia de escribir y escribir incansablemente para hacer visible lo invisible, para hacer consciente lo inconsciente. Para limpiar y ordenar lo que está sucio y huele mal.

No es mi mejor post. Suelo ser mucho más lúcida y brillante cuando escribo para el público.

Generalmente busco impactar, emocionar, y dejar a la gente con la boca abierta de la sorpresa porque esa es la manera que mi cerebro aprendió a llamar la atención: a Cecilia niña la ponían en un escenario a cantar, bailar, o tocar un instrumento y era otra niña, mucho más espontánea, descollante, capaz de recibir aplausos.

A Cecy nena le preguntaban cómo le fue en la escuela y exponía un boletín lleno de sobresalientes. Luego de adulta le pagaban por esforzarse resolviendo problemas ajenos; si no podía solucionarlos terminaba absorbiéndolos dentro de su cuerpo y su psique como si fuera su deber cargar con lo no-resuelto.

Hoy los escenarios son virtuales, y los sobresalientes se miden por likes. Así que no es azaroso que durante años me haya afanado en redes sociales para vencer la “invisibilidad”. Tampoco que siempre me esfuerce por ser brillante y perfecta si voy a publicar contenido que los demás podrían llegar a leer.

Así que publico esto para demostrarme justamente lo contrario, que no soy perfecta, que no necesito escribir perfecto para publicar este post, que soy una persona rota tratando de juntar sus partes y arreglarlas; que este escrito merece existir, porque yo valgo y merezco existir, independientemente de las opiniones de mi madre.

Que incluso aunque nadie llegara a leer esto, fui capaz de crearlo siguiendo mi máxima de transformar la mierd* en arte.

Si está sucio y huele mal, dispongo de recursos: tengo una escoba y un hornito difusor de aromas. Puedo barrer y sanear la habitación. Solo tengo que tomar la decisión y hacerlo.

Eso decidí, eso hice.

Y eso mismo voy a seguir haciendo, con o sin escenarios, con o sin sobresalientes.

Una decisión, solo una: vivir.

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