El derecho a ir despacio

Abro Word. Escribo la primera línea. La segunda. Avanzo un poco más y ya tengo un párrafo.

Cuando escribo mi percepción visual muta. Estoy mirando la hoja en blanco, pero no la veo. No sé cómo se llama ese proceso neuronal en el cual el sentido de la vista se desactiva del entorno y se vuelve del revés, hacia adentro.

Las cosas que sí veo no están en la habitación. Miro, cualquiera diría que estoy mirando enfrente y a mi alrededor, pero no veo nada de lo que esté sucediendo en el espacio en el que se encuentra mi cuerpo.

Si mi hijo o mi marido irrumpen en la estancia para decirme alguna cosa, percibo que mueven los labios, pero soy incapaz de oírlos. Estoy en trance.

Mi cuerpo teclea con frenesí exultante de vida, y eso es una ironía.

Mi ser no está en el cuerpo ni en el presente sino situado en una galaxia desconocida, observando con avidez lo que sucede allá, en el Otro Lado.

Tampoco sé cómo se llama el proceso mental que traduce esas visiones de otro mundo a caracteres escritos. Si me pongo a analizar el funcionamiento de dicho mecanismo es probable que lo encuentre milagroso.

Vuelvo en mí y descubro que ya no hay solo un párrafo. Se multiplicó como los panes o tuvo hijos porque ahora son diez.

Ese retorno al aquí y ahora durante el proceso de escritura es un arma de doble filo: puede ayudarme a colocar la palabra faltante de una oración o puede envenenar –e incluso matar– la sesión con sus interrogantes:

¿Para qué estás escribiendo? ¿Para quién? ¿Estás segura de que tenés lectores? ¿Otra vez aburriendo y molestando a la gente con textos largos y densos? Romántica anacrónica, harías bien en actualizarte, deja de hinchar con la escritura, grabá un reel como hace todo el mundo. Rebelde de balde, siempre a contramano de la tendencia, unite a la moda, buscá el hashtag adecuado, volvé a Instagram y por favor: dejate de joder.

Ctrl + E es un comando de Windows que selecciona todo el texto en un documento. Mis dedos índice y meñique izquierdos ya memorizaron la posición correcta en la que deben situarse sobre el teclado para utilizarlo.

Luego de eso mi dedo medio derecho va solito a presionar Delete.

Bajo la tapa de la notebook. Me pongo a coser a mano un mantel. Tengo máquina para hacer esas costuras cinco veces más rápido. Pero no busco velocidad, sino todo lo contrario.

Las tareas más prosaicas y aburridas del mundo son las que me ayudan a lidiar con la frustración. Cuanto más esforzadas y lentas, mejor.

Ayer tomé la jabonera de la cocina donde coloco los restos de jabón blanco. Los mojé hasta hacer con ellos una pasta blanda, maleable. Entonces modelé un nuevo jabón con mis manos y el lateral de un cuchillo ayudó a emprolijar los cuatro costados. También lavé la jabonera hasta en sus resquicios munida de un cepillo de dientes usado.

Más tarde reciclé cera de vela seca en el interior del hornito aromatizante. Espátula para quitarla. Cucharita para retirarla del hornito. Eché mano de un recipiente vacío de aluminio, esos que contienen las velitas de noche: allí puse los restos. Con un encendedor calenté el recipiente para derretir la cera.

Corté una tira de hilo de algodón de un ovillo que uso para tejer amigurumis. La sumergí en la cera caliente y esperé a que endureciera. Retiré el hilo encerado y lo corté en tiras más pequeñas: pabilos nuevos.

Ya tenía una velita reciclada pero sin pabilo en otro contenedor de aluminio, así que la retiré de su molde. Con una aguja grande le practiqué un orificio y con el ganchillo de crochet atravesé el pabilo recién hecho por el centro de la vela.

Funcionó, por supuesto. Con el diario del lunes es sencillo predecir que algo puede funcionar: esta fue la cuarta vez que me dediqué a la operación de reciclar cera con el fin de obtener velas nuevas.

El paquete de velitas vale $6000 las 25 unidades. Puedo oír a mi marido diciéndome: “Si tenés saldo en el Mercado Pago, andá y compralas, sino, ya te transfiero”.

Pero no quiero comprarlas, ni hacerlo más fácil, ni más rápido, ni menos esforzado. No estoy empeñada en tareas estúpidas y prosaicas porque sí.

Soy consciente de que dispongo de herramientas y elementos para hacerlo todo más ágil y dinámico: la máquina de coser, el lavarropas automático, el Chat GPT, la compra del artículo, el reel boludo que ni gracia tiene y seiscientos millones de opciones más.

¡No quiero hacerlo todo más fácil y rápido! No quiero facilidad ni resolución inmediata. El mundo a mi alrededor grita: “Fácil y rápido”, “Obtenelo ya”, “Sin demoras”, “En un click”, “Ya ya ya”, “Ahora mismo”.

Y yo solo quiero gritar de desesperación hasta quedarme sin voz: ¿qué parte no se entiende de “este ritmo vertiginoso de hoy en día no neutraliza mi frustración sino que la amplifica desmesuradamente”?

¿No es obvio para el observador casual que mi comportamiento aparentemente irracional de hacerlo todo difícil y esforzado responde a una imperiosa pulsión de autoregulación emocional?

Escribí diez párrafos y luego los borré. Estoy frustrada y enojada porque la voz de mi mente me detuvo otra vez. Me aguó la fiesta, nunca mejor dicho, con sus baldes de agua fría. Necesito bajarle el volumen a la estúpida que grita en mi cabeza. A la intrusa que dice que haga las cosas como todo el mundo. Cosas que yo sé muy bien que no quiero hacer y sé también por qué no quiero hacerlas.

Me regulo afanándome en actividades “que no sirven para nada”. Recupero mi equilibrio usando el cuerpo. Moviendo lentamente las manos. Embarcándome en proyectos largos y tediosos. Realizando tareas aburridas. Para muestra un botón: ninguna telaraña en las paredes, la pileta despejada, la alacena con todos los platos limpios.

Así gestiono la frustración. Así capeo la inseguridad que me mete la gritona de mi cabeza. Así me distancio de la baja autoestima, que es otra manera de llamar a la indefensión aprendida.

En momentos como ese, al que me venga con “fácil y rápido” le pongo un crucifijo en las narices mientras voy sacando mi estaca del bolsillo para apuñalarlo justo en el corazón.

De hecho tengo varios cadáveres en el placard, lo que ha valido que algunas personas me recuerdan dulcemente, acompañando mi nombre con los adjetivos de exagerada, incendiaria, loca, tarada o similares. En el mejor de los casos puede que me llamen gruñona, si tengo suerte.

Yo no sé lo que quiere la gente ni tampoco me importa. Yo no entiendo cómo funciona el mundo de hoy ni mis esfuerzos en tareas denodadas e insulsas incluye la compresión del tejido social.

Mi enfoque es simple: si no entiendo como funciono yo no tengo herramientas para entender el mundo. Y el mundo no es ni más ni menos que la suma de muchos individuos.

Como dice Ayn Rand, la sociedad como tal no existe, existen los individuos que la componen. Por tanto hablar de los derechos colectivos es un sinsentido, una entidad inexistente no puede tener derechos. Solo los individuos particulares pueden poseerlos.

Sin embargo, observo que se esgrime como derecho colectivo, ampliamente utilizado además, el irrumpir en mi privacidad e intimidad pretendiendo mi disponibilidad full time gratuita. Y después encima tengo que aguantar que me pregunten porque no tengo WhatsApp.

Yo veo todas esas cosas y no entiendo nada.

Y es que el que me ve de afuera tampoco me entiende a mí.

Apenas si vislumbra la expresión de salida de mis mecanismos de autoregulación emocional y como ignora bajo qué parámetros opera mi conducta, asevera que estoy loca de remate. Eso si no liga antes alguna puñalada ocasional, claro. Cuando apuñalo, me lanzo a matar. No tengo tiempo para dar explicaciones.

No puedo mirarme para desentrañar mi propio funcionamiento y al mismo tiempo mirar afuera a fin de develar el misterio de los comportamientos sociales. O lo uno o lo otro. Lo segundo es empezar la casa por el tejado.

Y a la gritona en mi cabeza le encanta construir castillos de naipes en base a la nada misma.

Por eso esta vez, con una velita ya reciclada y medio mantel cosido a mano volví a abrir el Word.

Rafa entró a decirme que se va a trabajar.

Es profesor de música mi marido. Rema en dulce de leche cinco días a la semana enseñando armonía, melodía y ritmo a adolescentes que están convencidos de que la infancia de la música, es decir el ritmo solo, producido por computadora y acompañado de balbuceos con acento portorriqueño puede ser llamado igual que la materia que enseña.

Incluso careciendo de armonía y melodía que son los componentes que hacen que la música sea música, dale que va, hay que llamarlo igual. Dale nomás, que ahora es todo lo mismo. Mozart, Lennon y Bethoveen se revuelven en sus tumbas. Menos mal, porque si vivieran los quemarían en la hoguera por el delito de falta de empatía.

Los chicos de hoy también están más interesados en sus teléfonos que en simular que prestan atención al tipo que lleva una hora desgañitándose frente al pizarrón indicándoles la diferencia entre lo que sí es música y lo que no lo es.

La gente me mira como si fuera el demonio encarnado cuando digo que los especialistas en el tema ya estudiaron y concluyeron que el aprendizaje a través de las pantallas es disfuncional y va a contramano del modo de operar del cerebro. Que debería prohibirse tanto en alumnos como en el cuerpo docente y directivo.

No solo los alumnos están distraídos. Sus maestros y sus padres también lo están.

Rafa me considera una privilegiada por no tener WhatsApp mientras él está obligado a pertenecer a los casi cincuenta grupos de las escuelas en las que trabaja. Se pretende también que lea todos esos mensajes dado que las cosas importantes “se informan por ahí”.

De enfocar la atención en mejorar los métodos de enseñanza del docente o actualizar en serio -y no solo en el discurso- el sistema educativo no se habla ¿no? La premisa en hundir la cabeza en la pantalla y andar caminando todo el día como un zombie con el aparato en la mano, pero como tiene la etiqueta de sistema educativo, dale que va, si es todo lo mismo.

La escuela debe adaptarse a las nuevas tecnologías, por supuesto. Como tal ejerce el derecho colectivo a irrumpir en la privacidad e intimidad de las personas, no importa que los docentes ya se encuentren en casa, fuera del horario de clases. No interesa que los chicos conozcan, no digo solo los elementos que hacen a la música ser música, sino simplemente que aprendan... ALGO.

Hoy en día parece como que nada importa nada.

El sistema educativo actual es empático con las nuevas tecnologías, no será quemado en la hoguera mientras perdure dicho institucional sentimiento. Pero de educación en la verdadera acepción y significado de la palabra ni hablemos. Tampoco de la prevalencia de los inexistentes derechos colectivos en detrimento de la atención y cognición de los individuos.

Rafa me da un beso antes de partir hacia otro día de remar en dulce de leche.

El suele decirme que mientras pueda permitírselo, no hace falta que yo tenga que salir a remar como él. “Sos feliz escribiendo, escribí. De nada sirve que busques un trabajo que odies y los dos terminemos sintiéndonos para la mierda. Al menos uno de los dos tiene que ser feliz para alegrar esta casa. Si los dos somos infelices, se cae la familia completa.”

Creo que la reminiscencia de ese recuerdo me llevó ahora a abrir el Word por segunda vez.

¿Fue su beso lo que reforzó mi coraje? ¿O di un nuevo pasito en mi autoconocimiento?

Cada día aprendo algo nuevo acerca de cómo funciono y los mecanismos que regulan mi equilibrio. En vez de desesperarme por colocar el techo, me dedico a la absurda y monótona tarea de picar piedras para rellenar con ellas los cimientos de mi autoestima personal.

Volví en mí para releer lo escrito y el contador indica 2017 palabras. Atención: el retorno del trance es un arma de doble filo.

“Dejate de joder con el postcito para el blog, hacé un reel, como todo el mundo. Sos buena diciendo gansadas. Escribís kilómetros de estupideces. Es fácil y rápido, son las mismas estupideces, pero grabadas en video, eso es lo que se consume hoy en día, vetusta anacrónica. Actualizate. No aburras a tus escasos suscriptores con otro texto largo. Se te van a ir, eh. Grabar en video es más rápido si lo que querés es crear contenido. Hoy en día nadie lee…"

Y entonces apuñalé a la gritona.

Hay sangre por todas partes. Voy a tener que limpiar todo este estropicio antes de publicar el post. Pero no pasa nada. Tareas prosaicas y aburridas disminuyen mi frustración, bajan la velocidad y me distancian sanamente de un mundo conformado mayormente por individuos que corren a toda prisa respondiendo WhatsApp.

Yo no sé adónde van, ni que quieren. Tampoco me importa, porque de importarme la sociedad, perdería de vista el hecho de que yo también soy la sociedad.

Solo que ella no es más que una abstracción del lenguaje, mientras que yo si soy una entidad autónoma. Soy real, existo y soy consciente de mi derecho a bajar la velocidad realizando actividades prosaicas, lentas; y a autoregularme emocionalmente sin dar explicaciones a nadie.

Como individuo poseo estos y otros derechos. Como el de enrostrarle el crucifijo, hacerle vade retro y apuñalar metafóricamente al que me venga con facilidad y rapidez cuando me estoy autoregulando.

Esto se llama legítima defensa. Y lo digo porque aquí no aplica el dale que va. No da lo mismo. Si el mundo quiere ir rápido y fácil, problema de él. Si me quiere apurar, me defiendo con uñas, dientes, cosiendo manteles a mano, reciclando velitas y dando puñaladas.

Es posicionarme en esto o darle poder a una abstracción del lenguaje a que dirija mi conducta diciéndome lo que tengo que hacer.

Por eso no me importa la sociedad. Por eso apuñalé a la gritona. Por eso escribí un post largo para aburrir a mis escasos y pacientes lectores que son individuos puntuales a los que identifico con nombre y apellido. Porque no escribo para agradar a la abstracción sino para que lean personas puntuales. Eso sí me da mucha felicidad.

Las cosas verdaderamente valiosas no son fáciles, y mucho menos rápidas. Un reel no es una enciclopedia para aprender. La película nunca supera al libro. Un video por muy bien hecho que esté nunca va a alcanzar la riqueza de matices del aprendizaje brindado por otro ser humano que pone su tiempo y su cuerpo en el salón de clases.

Y el lavarropas automático, funde más rápido y peor la ropa que lavándola a mano. Lo sé por las tres bolsas de prendas para coser que tengo ahora como tarea extra. Eso no sucedía cuando usaba el viejo lavarropas a tambor. Lo bueno es que nunca antes tuve tanto material para regular mi frustración.

Si me pongo a analizar la intrincada operación que hace mi cerebro para traducir a símbolos escritos lo visto y oído en la galaxia desconocida, seguramente lo encontraría un portento casi milagroso.

A juzgar por la multiplicación de los párrafos podría afirmar que así es. Un milagro.

Cuando llegue Rafa a casa, le quitaré el pesado remo y le devolveré el beso que me dio coraje para apuñalar a la gritona.

Escribir. La tarea más prosaica y lenta del mundo. Ya me encuentro emocionalmente regulada y más: soy feliz.

Puedo ahora bajar la tapa de la notebook. Al menos por hoy, no tengo pensado apuñalar a nadie más.

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