Nuevo Canal de Telegram

Hace unos meses una persona me dijo: "no podés vivir sin las redes, si no estás no existís".

No me lo dijo exactamente así, fue más suave y diplomático. Su tono de voz y lenguaje gestual expresaba preocupación por mi destino de invisibilidad en caso de que yo cometiera la locura de dejar de publicar, como afirmé que pretendía hacer.

Pero su genuina preocupación, y la velada amenaza social que afirma que nuestra inexistencia está garantizada si no tenemos perfil en alguna plataforma, en mi experiencia ya fue demostrada falsa.

No tengo WhatsApp y existo igual ¡jaja!

Además hay un olor a irracional detrás de dicho mensaje colectivo y preguntas pendientes:

¿De qué sí depende nuestra existencia?

¿De qué clase de existencia estamos hablando cuando hablamos de perfil digital?

Pero no vine exclusivamente a escribir preguntas filosóficas.

Vine a anunciar que creé un canal de Telegram.

Por el camino me acordé de esta conversación de hace unos meses que viene al caso.

Resulta que al final no solo decidí detener las publicaciones, sino también borrar las antiguas a medida que las voy recopilando. ¡Uy qué miedo! Seré invisible, nadie me encontrará en línea, nadie podrá ver un contenido que ya no está...

No tanto. Telegram me soluciona el intricado sistema que monté de links y backlinks que relaciona un contenido con otro y me da la ventaja de, por primera vez en mi vida, ser una unidad integral y no un montón de fragmentos descontextualizados.

Bueno, Telegram no, yo misma me estoy dando esa chance y elegí esa app y esta web para expresarlo.

Porque detrás de Diario de una Artesana y Aramela Artesanías siempre estuve yo, fragmentada, seleccionando contenido para tal o cual proyecto de tal o cual audiencia, y dejando para la intimidad de los almuerzos reflexiones que ponían la piel de gallina a mi marido que exclamaba: "¡eso tenés que publicarlo!".

A lo cual respondía: eso no encaja ni en Aramela ni en el Diario.

Yo, la que craneaba y materializaba los contenidos nunca llegué a expresarme completamente ni en mis propios sitios. Siempre me vi obligada a adaptarlos a una audiencia específica.

Sin embargo era mi esencia la que hacía posible la creación de esos contenidos. La persona era la misma: yo.

Aramela y el Diario fueron posibles en virtud de Cecilia Gauna, pero esta última no tenía voz ni voto dentro de sus propias creaciones a menos que se adaptara a la finalidad de una u otra.

Bueno y ¿qué tal que esta vez lo hago al revés? ¿Qué tal que me limito a ofrecer todo mi contenido y sean las audiencias en uso de su criterio las que seleccionen qué de todo eso quieren consumir?

Eso es el canal de Telegram: el todo junto. Mi yo integrada. La republicación de más de una década de creación de contenido porque es ahí donde estoy depositando lo que voy borrando de las redes, especialmente contenidos cortos. Los largos tendrán su espacio en este blog.

No creo que el dilema de si mi existencia sí o no, o la invisibilidad digital, se resuelva con un canal o este blog. Pero es que tampoco estoy buscando resolver nada. De hecho, ni siquiera hay un problema real que precise una resolución.

Porque no creo, para nada, que mi existencia real dependa de un perfil en línea. En todo caso, elijo tener uno. Y si puedo elegir tener uno, también escojo en dónde ponerlo. Y cómo ponerlo: todo junto.

Sigo agradeciendo esa genuina preocupación de esta persona que exclamó que no podía vivir sin las redes, porque según qué perspectivas o que casos concretos, en tales supuestos eso podría demostrarse cierto.

Afortunadamente ni es esa mi perspectiva de la existencia, ni tampoco mi caso concreto ingresa en dicha casuística. En mi experiencia, y en lo que supone mi vida, y el compartir la expresión de mi vida con otros, se demostró empíricamente falso.

Cuando empecé con todo esto hace doce años, mi meta era la visibilidad masiva. Busqué y encontré los 101 métodos para tener presencia online y es posible que haya probado al menos 99.

Lo que nadie dice es que el requisito condicionante para lograr esto es la fragmentación de uno mismo, para después pasarse la vida atendiendo cada uno de esos fragmentos separados.

Así llegué a las tres cuentas de Instagram y tres de Facebook, los tres blogs, los quichicientos perfiles en quichicientas redes solo para descubrir que no me alcanzaba la vida para mantenerlos actualizados a todos.

Además una regla implícita de los medios sociales es que se espera que una esté disponible cualquier día, a cualquier hora, en dichos sitios: la eterna disponibilidad abierta al mundo entero.

Para existir así, y durante años existí de esa tortuosa manera, siempre al borde de la autodestrucción, prefiero el aparente suicidio digital en pro de mi existencia real.

Esto es lo más cercano que puedo ofrecer de mi existencia real por medio de perfiles digitales: un anodino canal de Telegram y un blog personal.

Son menos visibles, no cuentan con exposición orgánica, tal vez son irrastreables en una búsqueda de Google.

Pero no contradicen mis valores ni me piden que venda mi alma al diablo, que renuncie a mi presencia material para existir virtualmente, o que cumpla objetivos que sostienen la economía de la atención de las plataformas en detrimento de mi propia economía energética y vital, dicho sea de paso.

¿Qué clase de existencia es aquella que beneficia a todos los demás, plataformas y audiencias, excepto a una misma?

Lo realmente preocupante para mí no es dejar de existir en los lugares digitales comunes, sino permanecer con vida caminando siempre al filo de la autodestrucción y accionando para ser fragmentada en cada vez más pedacitos.

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Para quién no le abrume el "todo junto" dejo las señas del nuevo canal, que ese es el motivo de este post.

No ocurrió que al escribir este texto me haya ido por las ramas accidentalmente. Así soy yo. Así funciona mi mente: como un árbol de muchas ramas. Una red de ideas interconectadas entre sí que se relacionan unas con otras.

La fragmentación fomentada culturalmente por los medios digitales no solo aplica al desdoble de uno mismo en varios perfiles de diferentes cuentas, sino que va todavía más allá: pide que también el contenido sea fragmentario, cada vez más acotado, al punto que el contenido mismo está desapareciendo.

Para un individuo como yo, que en su existencia real ya es un "todo junto", que no ve contradicción alguna entre hacer artesanías con hilos, palabras o melodías, que tiene mente árbol, y no teme meterse en el barro buscándole significado y sentido a su propia existencia...

…Aceptar la fragmentación propuesta por la sociedad y la cultura actual, es ir en contra de su propia naturaleza.

Y eso sí que es un suicidio real y patente. El suicidio del alma. El suicidio de la esencia creativa. La renuncia del yo, para encajar a la fuerza en un formato cada vez más alienante y superficial.

"No podés vivir sin las redes, si no estás no existís".

Para vivir y existir así... paso, gracias.

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