Mudanza

Cada vez que emociones indescriptibles me atenazaban la garganta, abría el editor del blog de Diario de una Artesana y dejaba que las palabras corrieran como caballo desbocado.

No me preguntaba adonde me llevaba su galope. Solo tipeaba letras como hipnotizada, como en trance.

A veces ni siquiera entendía muy bien el sentido de lo que escribía hasta que el punto final hacía sonar el timbre de un temporizador invisible que me indicaba que me detuviera y que releyera lo escrito.

Entonces sucedía la magia.

La mayoría de las veces lloraba: era la manifestación física de haber liberado emociones tortuosas de mi cuerpo.

Ponerlas fuera, en otro lugar, separadas de mí, para entonces poder mirarlas desde otro ángulo, desde otra perspectiva, sin el yugo de estar sumergida dentro de ellas nadando en círculos.

Otro tipo de magia sucedía cuando publicaba y alguien más me leía.

Hasta el día de hoy no puedo explicar cuál es el mecanismo que me impulsa a escribir según qué cosas, que alguien más necesita leer en un momento dado. Lo curioso es que el momento siempre es el adecuado para el futuro lector.

Hoy es un día de esos.

Escribo todos los días en mi cuaderno, sin publicar; pero cuando toca decirlo al mundo, la energía se siente diferente.

Tras la lucha con mi mente que repite sin cesar la pregunta “¿Para qué? ¿Para qué publicar si es más fácil hacerlo en el cuaderno?”; tras las batallas internas que se desatan en mí dado que la exposición pública -por el medio que sea- me fascina y me aterra al mismo tiempo, decido soltar la cuerda y liberar al caballo.

Y heme aquí, de nuevo.

Descubriendo por enésima vez que publicar no es una acción que la convierta a una en escritora.

Y sin embargo, la certeza de que siempre lo fui, de que siempre lo seré, aunque intente escapar imponiéndome tareas inaccesibles para escapar a lo inevitable, brilla fuerte en mi corazón afirmando: “Esto es lo que en verdad sos, Cecilia, una escriba. No importa lo mucho que lo disfraces. No tiene sentido que lo retrases”.

Emociones indescriptibles me atenazan la garganta ahora.

Emociones sin nombrar, sensaciones que temo encontrarles nombre, no sea que nombrándolas invoque fuerzas que desconozco y que ignoro cómo gestionar.

Aunque llevaba mucho tiempo soñándolo, visualizándolo, viviendo la película como si fuera la realidad, el cambio de entorno me afectó profundamente.

Hace una semana me mudé de casa.

Hace un par de días, una amiga en las mismas que yo, me aclaró que el consejo no había sido solicitado, pero igualmente sentía que debía dármelo:

“Autoescuela y autocompasión”, dijo.

Y estuve a punto de echarme a llorar, porque los palos que me doy a mí misma por no tenerlo todo ordenado, todo resuelto, todo perfecto, no cesan ni cuando me percato que la lección más importante a aprender en esta vida es a amarme incondicionalmente.

Caricias, no palos. Más amor y menos reproches, me recuerdo con escaso resultado.

Tardé muchos días en reconocer que la puritita verdad es que tengo un miedo de los mil demonios. Miedo al miedo. Un miedo tan grande al punto de tornarse inconfesable.

Acortaba las sesiones de escritura de mis páginas matutinas y cerraba el cuaderno cada vez que el monstruo del miedo asomaba la cola.

“No lo nombres”, decía con urgencia una voz dentro de mí. “Nombralo para conjurar el peligro”, susurraba inmediatamente otra voz.

Y yo, sintiéndome en el medio de ambas era incapaz de tomar una decisión.

“Entonces escribilo” declaró una tercera voz, mucho más conciliadora y dulce que las anteriores.

Bien, lo escribo: Tengo miedo a lo que me voy a convertir ahora que mi entorno cambió drásticamente.

Más o menos tenía alguna idea de quién era yo cada mañana cuando abría las ventanas y el ruido del tráfico de la calle me golpeaba en los oídos.

Conocía a Don Árbol, ese hermoso ejemplar de la vecina de a dos casas al que me gustaba saludar cuando iba al garaje a escribir en mi cuaderno. Y al que el paso de las estaciones transformaba, reflejando simultáneamente mis propios ciclos vitales.

Don Árbol era un pozo de sabiduría, solo bastaba hablarle un poquito y él respondía con alguna sentencia que me dejaba pasmada por su veracidad.

Los gorriones que venían a alimentarse con el pancito trozado nunca se dejaban contemplar más de dos segundos antes de emprender vuelo cuando yo levantaba la vista.

Los de la casa nueva tienen un sólido nido en el techo del balcón y son tan descarados que se posan al lado de mi ventana chillando por comida. Ni se inmutan cuando me acerco a ellos a trozar el pan.

Los gatos de este vecindario son rubicundos y bien nutridos, por no decir obesos. Atrevidos al punto de sobar su enorme cuerpo en las bolsas de basura y no abandonarlas pese a mis gritos de que salgan de ahí.

El tráfico de la calle también es abundante, pero no me golpea en los tímpanos de la misma manera. Más bien semeja un murmullo lejano que ocurre por aquí cerca, pero no al lado de mi ventana.

Sabía quién era yo cuando necesitaba alguna cosa e iba a buscarla dentro de un cajón o detrás de la puerta de algún armario.

Ahora no sé quién soy ni donde están mis cosas, ni las cosas de mi marido o las de mi hijo.

Las mudanzas dejan la indeleble enseñanza de que, a la hora de la verdad, nuestras pertenencias caben en un puñado de bolsas y cajas de cartón, y no hay tiempo para catalogar qué contienen.

Ya mudado, uno tiene que rezar para encontrar lo que busca. Y revolver entre bolsas y cajas, más.

Estuve un día sin lavarme el pelo mugroso de polvillo por no encontrar el champú, y al mismo tiempo dando gracias por haber dado al menos con el jabón para poder higienizar mi cuerpo.

Tres días con la misma ropa aún más mugrosa de pintura y polvillo y era mejor así, porque todavía quedaba rellenar huecos con enduido y espátula: cada vez que me ponía en modo albañil terminaba como una criatura de cinco años embardunada de masilla blanca hasta en las pestañas.

Recuerdo haberme preguntado “¿Quién soy ahora?” en el preciso momento que emití un chillido de júbilo al dominar por fin el manejo de la espátula y rellenado un huequito de la pared sin dejar fisuras, con la superficie plana y sin marcas.

Tejer un muñeco, escribir una canción, coser artesanalmente un cuaderno… toda la alegría que experimento cada vez que encaro un proyecto manual o creativo no se equiparó a la felicidad que me causó aprender a manipular una espátula para emprolijar las paredes de mi nueva casa.

Pero entonces reparé en que me había convertido en un ser nuevo, porque la vieja yo no sabía rellenar huecos con enduido. Sabía cantar, coser a máquina, maquetar un libro, tejer amigurumis, pero no tenía ni idea de cómo agarrar la espátula.

Y tuve miedo.

Miedo a mi propio crecimiento. Miedo al cambio inevitable, porque creo de verdad que el entorno tiene una enorme influencia en los individuos.

Y mi nuevo entorno es más grande, más espacioso, más aireado y ligeramente menos ruidoso.

De hecho, esta vez no fui la víctima ocasional del reggaetón ambiental de mi antiguo barrio; más bien fui yo quien subió el volumen para atormentar a los vecinos con música disco de los 70’s mientras barría los pisos de mi nuevo hogar.

Mi nuevo hogar, la nueva yo.

Todavía no puedo determinar si me convertiré en una nueva o más bien rescataré a la verdadera que se mantuvo oculta tras montañas de excusas por no saber usar una espátula o pintar una pared.

Me mudé a un entorno que me despojó de mis antiguos pretextos, me proporcionó más espacio, y un universo de posibilidades nuevas se despliegan ahora frente a mis asombrados ojos.

Ya no puedo decir que no tengo lugar para montar mi taller o para comprarme un sofá donde echarme horas a tejer.

Y claro, da mucho pero que mucho miedo descubrir quién es en verdad una cuando el nuevo entorno le desarma el parapeto de las eternas excusas.

Por supuesto, como cada vez que emociones innombrables que atenazan la garganta empiezan a correr desbocadas en el blanco lienzo de la hoja digital, ahora quiero echarme a llorar por lo que estoy diciendo y liberando; escribiendo y soltando fuera; nombrando y exorcizando.

Autoescuela y autocompasión.

Por los procesos vitales que permiten a las personas despojarse de sus viejas y amarillas hojas, como sabiamente me enseñó Don Árbol durante siete inviernos.

“Muestro mi desnudez con dignidad” me dijo en una ocasión que lamenté verlo pura rama pelada. “No temo la llegada del invierno. Lo recibo con alegría, como a las demás estaciones”.

“¿Y no te da tristeza cambiar, transformarte, mudar?” le pregunté.

“No. Cuando se comprende qué es en esencia la Vida, ésta solo puede traer dicha. Las estaciones solo son instancias de la Vida.” remató.

Te voy a extrañar Don Árbol. Te voy a extrañar mucho, mucho.

Esta vez voy a publicar en mi web, que también es nueva como mi entorno físico.

Aunque Diario de una Artesana tenga su propia entidad creada en virtud de la energía de sus fieles lectores, la escriba sigue siendo la misma, quien libera al caballo y lo deja correr a campo traviesa es la misma persona de siempre: yo.

Que ahora es una nueva yo, o tal vez la verdadera, quién sabe.

Suena el timbre del temporizador, voy acercándome al punto final y despertando gradualmente del trance.

Como siempre el primer paso del camino no da cuenta de la naturaleza del lugar de destino. Yo escribo y avanzo; releo y lloro de alegría ante la sorpresa de haber arribado a un lugar que jamás pude prever al escribir la primera palabra.

En eso radica la magia de ser la escriba de mis emociones.

Esta mudanza me recordó lo natural que es temer las estaciones de la vida y lo innecesario de perpetuar ese temor.

No obstante, solo puedo conjurar el miedo si lo escribo, si lo nombro. Si lo comparto con los demás.

La otra magia, la del mecanismo inexplicable, viene ahora, cuando vos terminás de leer este escrito y comprendés en tu corazón por qué lo leíste.   

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