Cestos de tela

El primer intento

La tercera es la vencida

Metí 11 materias de Abogacía, hice el primer año de Profesorado de Psicología, no terminé nunca el Curso de Confección de Calzado (Zapatería) y me quedó pendiente estudiar Iluminación en Fotografía...

Pero tengo un título. Solo uno: Confeccionista a Medida (Modisto/a).

Soy de la generación que escuchó reiteradamente que había que estudiar para ser alguien en la vida. A lo cual mi ardor de juventud replicaba:

"Yo ya soy ALGUIEN. No necesito que un pedazo de papel me diga quién soy".

Habiendo crecido con una abuela que cosía vestidos de novia y trajes de comparsa, y contando con el papel que me avala como costurera, a veces me pregunto porque insisto en tejer muñequitos...

Incluso antes de cursar para modista ya sabía usar la máquina de coser.

El eterno bolso de jean con el que salgo a todos lados (mis amigos/as se van a reír, porque ya saben de cuál bolso hablo) es producto de mi primera vez con la máquina de coser birlada a mi madre, a quien engatusé para que me la prestara un par de semanas.

No sabía coser a máquina, pero me senté y oh, milagro. Sí sabía hacerlo. Lo tengo en los genes. Tengo ese programa "descargado" en mis células.

Sin embargo, me suele dar pereza coser.

Es curioso que solo me siente a la máquina por necesidad.

Y en este caso, necesidad de orden. Mudanza, ropa regada por toda la casa... la maniática controladora que llevo dentro se tira los pelos con desesperación...

Así que me fui a comprar 5 metros de tela vegetal, (que en realidad se llama friselina), y fracasé estrepitosamente como modista cosiendo cestos organizadores para guardar ropa.

Este de la foto es mi tercer intento, el que dio muestras de querer salir bien ya que la tercera es la vencida, dicen.

Todavía le faltan costuras, las asas y dos soportes en alambre que le darán estructura. Pero va yendo...

Ahora queda pedir a la profesora de Psicología que nunca llegué a ser, me ayude a lidiar con la derrota de ser modista y no haber podido coser un pinche organizador al primer intento.

Y a la abogada que todavía soy aunque no tenga papel para demostrarlo, que me defienda de la Perfeccionista, otra de mis veinte personalidades, que insiste siempre en criticar mi trabajo.

El verdadero logro fue hacerlo.

Mientras sirva para meter toda la ropa, lo demás es cuento, ¡jaja!

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